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A la luz de la Historia, existe indudablemente la España de Benlliure. Es difícil hallar otro artista plástico más certero que Benlliure en la representación de una determinada España: la suya, la que va desde los últimos años del reinado de Alfonso XII a nuestros días, con significativa culminación, por lo que hace al arte de Benlliure, en los años de la Regencia de doña María Cristina. Existe, si, en orden a la pintura, y perfectamente caracterizada, la España de Zuloaga, pero en un sentido traslaticio y literario, abstraída, en general, respecto a las formas corpóreas del tiempo, y, en todo caso, se trata de una España en la que los españoles, demasiado sentidos o ideados en su tipismo y virtud representativa, necesitan de la explicación que les da un paisaje al fondo, buscado y aún rebuscado — con sumo arte, desde luego—, para exaltar valores pintoresquistas, no exentos, por definición, de cierto convencionalismo. Zuloaga, en definitiva, argumenta en sus cuadros — genuino pintor de 98—, y así sugiere multitud de cuestiones ajenas al modelo recreado por el artista con cierta libertad. Por el contrario, los españoles de esa España que Benlliure gustó de interpretar, han pasado al bronce o al mármol tales como fueron, con su realidad personal e intransferible, con el aliento de su propia vida especifica. No se explican los personajes retratados por Benlliure sino por sí mismos, como, después de todo, ocurre en la vida: cada uno es quien es, y no precisa para ser conocido de datos extraños a su realidad, inmediata. El paisaje es, naturalmente, materia vedada al escultor, por lo que todo el interés de su arte se concentra en la figura, gravitando sobre ella, quiérase o no, una servidumbre de realismo, de veracidad física, a que todas las otras artes pueden substraerse. Como quiera que sea, el realismo escultórico logró fuerza extraordinaria en Mariano Benlliure, y como quien estas líneas escribe no trata de sentar, ni mucho menos, doctrina estética, y sí de subrayar una admirable manera de documentar la Historia, lo que importa es reconocer que Benlliure lega, esparcidas por el mundo, versiones escultóricas gracias a las cuales los más conspicuos personales de aquella época se hallan fielmente reproducidos: Una aportación iconográfica que la Historia agradecerá mucho. Medio siglo de la España contemporánea queda ilustrado con los retratos al óleo de Madrazo; el otro medio, con los bustos de Benlliure. Dirán muchos que ello no hace gran falta ya, puesto que en la fotografía es más exacta y puntual aún. Pero cabe dudar de que el objetivo recoja: con tanta autenticidad el aliento y la expresión de una criatura cómo los conseguidos por Benlliure, en el barro modelado por sus dedos creadores. Benlliure ha vitalizado figuras históricas que por él serán conocidas siempre en la totalidad de su plástica y movimiento. Los críticos de arte suelen ponderar con mayor encomio los bustos de Benlliure que las esculturas de cuerpo entero, razón, por lo común, de aparatosos monumentos en plazas y paseos. Cualquiera que fuese la capacidad de Benlliure para concebir estatuas en grande lo cierto es que nadie puede pasar por la Castellana sin sentir la voz de Castelar. El gran orador sigue hablando, su cabeza se agita con el apostrofe y su brazo tiembla en la alusión. Los miembros del Parlamento sugerido se pierden en el aire, más aún que fantasmas. Pero Castelar, él mismo, es realidad. «Parece que está hablando», se dice. Y. hablando está. Por mucho que el arte, nuevo se esfuerce en lo contrario, el parecido no puede ser desdeñado. En "un retrato, ¿cómo, no va a importar el parecido?... Benlliure, a lo largo de años y años, ha retratado a los españoles más distinguidos en la milicia, la política, las artes, las letras, las ciencias. A su arte, sorprendiendo y captando el gesto-fugaz, el rasgo móvil de un semblante vivo, el parpadeo, la sonrisa, el ,«tic», se debe que, perennemente, el teniente Ruiz avance, Antonio de Trueba nos cuente algo, Cajal medite, Maura perore, Marañón nos escrute... Los periódicos, en esta ocasión necrológica; han dado la lista, por fuerza incompleta, de las obras debidas a la firme y delicada mano de Benlliure sobre el barro dócilmente rendido. Huelga aquí, pues, la enumeración, pero no la constancia de una fuente histórica que, fatalmente, ha dejado ya de manar. Cuando tanta y trivial nostalgia de «aquel Madrid», da motivo o pretexto a libros y artículos que ya van resultando de enfadosa reiteración, es justo reconocer que más allá del tópico cobra vida inmutable el Madrid aquél, mitad drama, mitad sainete, cuyos personajes supo reelaborar Mariano Benlliure, veraz, fiel e infatigable.
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