Tertulia La Vara

ALGO MÁS SOBRE EL MARCO INCOMPARABLE


Fotografía: Santiago Andreu

Sabido es que la procesión cartagenera crea arquitectura por sí misma, con las rítmicas perspectivas de capirotes y la monumentalidad de los tronos. Pero, a pesar de esa monumentalidad, es imposible sustraerse al marco incomparable por el que transcurren estas procesiones únicas, de interés turístico internacional. Incomparable porque, salvo habilidosos encuadres de fotógrafo, no se puede comparar el esmero que ponemos los cartageneros en cuidar los más mínimos detalles de un tercio con la dejadez y abandono que demostramos en un cada vez más esquilmado Casco Antiguo por el que transcurren las procesiones entre andamios, tortas de cemento que invaden calzadas y aceras, socavones, contaminación lumínica digna de un campo de fútbol y personalísimas guirnaldas de cables entorchados que embellecen las fachadas repintadas de un decorado pensado para el parque temático inacabado de una ciudad ficción.
 

Fotografía: Manuel Maturana

Son detalles que no se improvisan a partir del miércoles de ceniza, sino que responden a una sistemática planificación, a una determinada idea de ciudad que se lleva a cabo desde hace ya demasiado tiempo. Ahora bien: hay un aspecto sobre el que sí podemos actuar directamente desde las cofradías y que está afectando no ya al marco urbano sino a la propia arquitectura procesionil. Si la procesión marca unas alineaciones, unas perspectivas, unos calibres de cortejo, no tiene sentido que el público se mantenga al margen de esos parámetros, como alejado profilácticamente por lo que pudiera pasar. Desde hace unos pocos años se ha perdido la costumbre de marcar la alineación en la colocación de las filas de sillas. Y el resultado de esa dejadez por parte de Ayuntamiento y, sobre todo, cofradías, unida a la ley del mínimo esfuerzo y máxima rentabilidad aplicada por la empresa adjudicataria del servicio, ha dado como resultado una drástica reducción del número de sillas – por cierto, cada vez más feas – eliminando las segundas y terceras filas y pegándolas a la línea de fachadas. Esta manera de actuar ha producido varios efectos indeseables. Por un lado, desde el punto de vista estético, la procesión discurre disociada del pueblo, que ahora la contempla como un espectáculo aislado, al tiempo que se consigue que si ya el marco arquitectónico no arropa el cortejo, ahora tampoco lo hace el pueblo de Cartagena. Por otro lado, al estar las sillas totalmente pegadas a la pared, no se permite el paso y circulación por detrás, por lo que tampoco  se puede acceder con más o menos dificultad a viviendas y establecimientos – con los consiguientes pequeños altercados ocasionados por conflictos de intereses – al tiempo que se consigue, eso sí, que todo el que quiera ver la procesión pague. Esto puede ser una buena idea comercial para el adjudicatario del servicio de sillas. Peores consecuencias tiene para las procesiones puesto que, además de restar participación popular, retrayendo público que o bien no puede o no quiere pagar por ver la procesión, o que simplemente prefiere ir cambiando de escenario a lo largo del cortejo, además de eso, colocar las sillas pegadas a la línea de fachadas empuja al público a circular por entre las sillas y la procesión, a cruzar la calle sorteando capirotes y a arruinar el efecto de la procesión cartagenera.

                   No podremos desde las cofradías, en los cuarenta días de la cuaresma, rehabilitar viviendas, arreglar pavimentos, o instalar un sistema de iluminación urbana sostenible y adaptado al entorno, pero, además de pedir que nos vuelvan a bajar la intensidad lumínica y nos eliminen los focos, sí que podemos marcar la alineación de las sillas a los aposentadores. Es justo y necesario.  

José Francisco López Martínez

Fotografía: Santiago Andreu

Calle Mayor

Fotografía: Andrés Hernández

Calle del Cañón

Fotografía: Manuel Maturana

Calle del Aire

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